
MANUEL REBOLLAR BARRO (Sevilla, 11.02.1971). Los micros seleccionados pertenecen al libro ilustrado por Ina Hristova “La vida sin Murphy” (Editorial Enkuadres, 2017)
LA SEGUNDONA
Siempre le sucedía lo mismo. Por más que intentaba anticiparse al movimiento de su rival, esta siempre era la primera en hacerlo, provocando, tal y como quedaba perfectamente reflejado en el reglamento, que tuviera que hacer los mismos gestos y aspavientos que la ganadora. Ella soñaba con que algún día vencería. Pobre ilusa, viviendo a ese lado del espejo, la medalla de plata era todo lo que podía conseguir.
LA MOSCA
La mosca vuela en alegre zigzag cuando se topa con un cristal que, a pesar de sus ojos compuestos, no ha visto. Durante una décima de segundo se queda un poco traspuesta -no es para menos-, ya que el golpe ha sido descomunal. Inmediatamente se recupera y vuelve a volar en ya no tan alegre zigzag hacia el cristal que, a pesar de sus ojos compuestos y de su experiencia previa, no ha visto ni recordado. Durante otra décima de segundo vuelve a quedarse paralizada en el aire -no es para menos-, el golpe ha vuelto a ser descomunal. Una vez más, se rerrecupera y vuelve a volver a volar en desafortunado zigzag en la misma dirección que las dos veces anteriores de modo irremediable hacia el cristal…
El tesón de estos insectos por parecerse al hombre es encomiable.



Ciega sonrisa
Mi profesión me ha llevado por toda la geografía nacional. Soy vendedor de enciclopedias. El último lugar donde estuve era un pueblito muy humilde, silencioso y solitario. Sus casitas de adobe, con las paredes enjalbegadas, como un espejo reflejaban la luz. Al mediodía el sol calentaba tanto el polvo de las calles que éste se levantaba y salía corriendo en pequeños remolinos huyendo del calor. El conjunto parecía una pintura de Reverón.
No vendí nada en él. Cuando me iba, en la última casita, había un ciego en una ventana. Estaba ahí inmóvil en medio del calor. Con un sobrerito como el de José Gregorio Hernández. Las manos apoyadas en el mago de un bastón. Y una sonrisa en medio del inexpresivo rostro, que contrastaba con todo lo que lo rodeaba. Y que parecía despedir a los visitantes que salían del pueblo.
Autor: pedro Querales
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